UN LIBRO A LOS TRES AÑOS

Tradcciones Profesionales carlos mota freelance

UN LIBRO A LOS TRES AÑOS

Papá me regaló un libro de taquigrafía Gregg cuando cumplí tres años. Debajo de la dedicatoria, que comenzaba “A mi amado hijo”, escrita en azul, resaltaba su firma de trazos elegantes que evidenciaban fuerza y templanza.

Supongo que Papá quería infundirme el amor por la lectura aunado a una destreza vocacional a la que yo pudiera recurrir cuando las cosas se pusieran difíciles.

Aparte de aprender a escribir con una caligrafía de plumazos rápidos a fuerza de imitar los signos en el libro, nunca aprendí taquigrafía, pero sí adquirí temprano un apego por la página escrita. En mi casa abundaban los libros. Recuerdo que yo me quedaba dormido hojeando embelesado los cuatro tomos de Estudio de la historia, empastados tres en azul y uno en rojo, de Arnold Toynbee, que tenía Papá, o leyendo los poemas de Rabindranath Tagore.

Mi poema favorito de Tagore era uno sobre un barquito de papel, que yo leía una y otra vez, dejando a mi imaginación volar a lugares remotos. Supongo que fue esta añoranza de lejanía lo que eventualmente me llevaría a truncar mis estudios de medicina y marcharme a Nueva York a estudiar inglés en NYU.

Siempre me gustó escribir. Comencé escribiendo cartas a Judith, hija de una hermana de Mamá, cuando yo tenía seis años. Esas cartas me enseñaron cortesía epistolar y constituyeron mi primer encuentro con la fonética inglesa. A mi prima la llamaban Yudí, y para asegurarme de escribir bien su nombre, incorporé ese sonido inicial que no existe en castellano y esa ausente terminación fricativa cuando la llamaban por su nombre.

Cuando comencé la escuela, a los siete, ya sabía leer, escribir, sumar y restar. Mamá se había encargado de enseñarme con gran esmero. Recuerdo los abecedarios que me compraba, llenos de figuras a color que representaban las letras, en particular la Ñ y la X, aquella, por un ñu, ese ungulado que ahora vemos atravesando un río lleno de cocodrilos en el canal de National Geographic; y ésta, por un xilofón, ese instrumento que más de una vez recibí de mis padres, y que yo ahora compré a mi nieta Sira, cuyos colores, principalmente el amarillo y el rojo, me fascinaban.

Mamá me hacía escribir palabras nuevas en un cuaderno todos los días, al tiempo que me arrullaba cantando una canción en portugués que había aprendido durante su estancia de varios años con Papá en la selva de la Gran Sabana, cerca de Brasil, antes de yo nacer, canción que también me llevaba a lugares remotos.

Asistía a la escuela con mi hermana Delta, un año menor que yo, mañana y tarde; y los sábados hacía grandes esfuerzos para superar la vergüenza y recitar delante de mis compañeros las poesías de Tagore.

Muy pocas veces tomaba apuntes. Me quedaba fascinado por la narrativa de la maestra, cuyo dictado yo seguía sin dificultad y sin escribir mientras mis compañeros interrumpían para pedirle que repitiera algún fragmento que no habían podido copiar. Es que, si dictaba sobre las guerras púnicas o las Termopilas, ya yo me había leído los libros de historia antigua, media, moderna y contemporánea de Secco Ellauri y Baridon y las biografías de un montón de personajes que encontraba entre los libros de Papá.

Pero las fracciones eran un obstáculo mayor para mí. No podía entender esos números quebrados que la maestra de cuarto grado escribía en la pizarra a medida que nos urgía, sin detenerse a explicar mucho, qué significaba tres novenos o qué resultaba de sumar dos quintos y un octavo.

Por eso, años después, como padre, me empeñé en enseñar a mis dos hijos proporciones y porcentajes de otra manera, cortando con una tijera círculos, triángulos y cuadrados en papel de diferentes colores, diciéndoles lo que era la unidad, que a veces era una cosa y a veces otra, pero que siempre constituía un todo, que yo desensamblaba en pedacitos y armaba de nuevo hasta que ellos entendían que los siete séptimos que la conformaban podían ser expresados en dos mitades o en cuatro cuartos.

Papá hablaba inglés. Siempre me aconsejaba self-control; y me daba cuenta de que la forma en que pronunciaba los números 13 y 30 era diferente a como lo hacía mi profesor en bachillerato. Lo había aprendido en Nueva York, donde años después, muchas veces, desde la Sexta Avenida, yo alzaba la vista para ver el logo del gramófono y el perrito de la RCA donde él había trabajado.

Papá me compró mi primer diccionario inglés español en el segundo año de bachillerato. “¡Podré traducir!”, pensé. Recuerdo que sentí una gran emoción al ver que en su portada decía “Universidad de Chicago”. Se me antojó que el autor latino, Carlos Castillo, debía formar un excelente equipo con el norteamericano, Otto F. Bond. Fue mi primera noción de equipo de trabajo intelectual. A los pocos días, con ayuda del diccionario y para gran orgullo de Papá, leí un libro suyo que no había podido leer hasta entonces, Bolívar, cuyo autor era un irlandés llamado O’ Rourke.

“Tienes un excelente dominio del idioma inglés,” escribió uno de mis profesores de NYU al margen de un ensayo que yo había escrito sobre Hombre y Superhombre, de otro irlandés, George Bernard Shaw. Eso me animó a seguir escribiendo pequeños ensayos sobre diferentes tópicos que yo luego entregaba a mis amigos en la universidad para oír su opinión.

Ocho años después, en Caracas, acudí al Ministerio de Interior y Justicia para optar al título de intérprete público. La directora de la oficina me bajó de la nube diciendo que para ser un traductor jurado debía pasar un examen sumamente difícil, con mucho contenido jurídico y financiero. Me recomendó el diccionario jurídico de Louis Robb, y al salir de allí fui a comprarlo. Pero no habría de regresar sino 30 años y 1000 libros después, cuando sí presenté el examen y fui el único en aprobarlo de un grupo de diez. Pero ésa es otra historia.

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